El ejercicio terapéutico se ha consolidado como una intervención clínica de alto impacto en múltiples patologías crónicas. Los estudios recientes muestran cómo el movimiento, cuando se prescribe con criterio fisioterapéutico, mejora la función, reduce síntomas y aumenta la calidad de vida en poblaciones muy diferentes.
1. Un cambio de paradigma en el trasplante pediátrico
En unidades de trasplante pediátrico, programas como Exercise is Medicine han demostrado que integrar el movimiento en la rutina hospitalaria mejora la fuerza, la movilidad y la participación en fisioterapia.
2. La intensidad como modulador de los síntomas motores
En la enfermedad de Parkinson, el ejercicio no solo mejora la marcha, el equilibrio y la bradicinesia, sino que también estimula mecanismos de neuroplasticidad.
3. Intensidad y adaptaciones fisiológicas reales
La evidencia coincide en que la intensidad es un factor clave para generar adaptaciones reales. Los pacientes que entrenan a intensidades moderadas-altas presentan mayores mejoras en fuerza, tolerancia al esfuerzo y actividades de la vida diaria.
4. Ejercicio más allá de la fatiga en diálisis
En pacientes con enfermedad renal crónica, el ejercicio —incluido el intradiálisis— mejora la capacidad cardiorrespiratoria, reduce la fatiga, aumenta la fuerza y mejora la calidad de vida.
5. Artrosis de cadera y rodilla: evidencia longitudinal
Los estudios confirman que las personas con artrosis de cadera y rodilla que realizan actividad física frecuente mantienen mejor función física y calidad de vida a lo largo del tiempo, ajustando incluso por edad, IMC y severidad clínica.
Conclusión: un mensaje común
A pesar de tratar enfermedades muy distintas, todos los estudios coinciden en una misma idea: el ejercicio terapéutico es una intervención clínica esencial. La fisioterapia debe prescribirlo con criterios de intensidad, progresión y personalización, integrándolo como parte estructural del tratamiento en enfermedades crónicas.